Un hombre de tweets
Lo vi el lunes 7 de marzo de 2011 a mediodía. Me llamó la atención porque su vestimenta se vinculaba más con el invierno que con la primavera que ya anunciaba su sopor, su bochorno incandescente, entre las jacarandas que propagaban su fuego morado por las calles de la Ciudad de México. Estaba a punto de atravesar un eje vial cercano al departamento que alquilo en la colonia Roma Sur, pero por un motivo inexplicable había interrumpido su marcha: como si alguien —una voz interna antes que externa— le hubiera ordenado que se quedara inmóvil en la acera, los ojos fijos en una zona ambigua de la lejanía. Me detuve junto a él porque creí que el semáforo nos impedía el paso —no era así— y en esos momentos pude registrar la tela de su saco, el tamaño un tanto desproporcionado de sus gafas, el hecho de que no sudara pese a su exceso de abrigo en el calor (casi) primaveral y sobre todo el tono curioso de su piel: una opalescencia que le daba el aspecto de un extraño en el pueblo, un individuo que no estaba donde debería estar. Crucé la avenida y al llegar a la acera contraria volteé hacia atrás: él continuaba en su posición —iba a escribir “en su puesto”—, los ojos imantados por algo insondable. Reanudé mi trayecto a casa pensando en dos de mis relatos favoritos (“El hombre de la multitud” y “Bartleby”), en los seres desfasados de Franz Kafka y Samuel Beckett, en una frase de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, la gran novela de Haruki Murakami: “Tú doblas una esquina y te lo encuentras: un mundo que no habías visto jamás.”
Una vez en mi departamento me conecté a internet y entré en Twitter, ese aviario virtual donde los pájaros intentan hallar su propia voz en medio de un barullo ensordecedor. Recordé al individuo con el que me acababa de topar y escribí: “Un hombre con gafas enormes y saco de tweed mira absorto el horizonte en una esquina transitada. El sol le concede un lustre de otro mundo.” Y poco después: “Creo advertir que el hombre de gafas enormes y saco de tweed mueve los labios. Creo oír que murmura: ‘Mírame bien. Puedo ser tu personaje.’” No sospechaba que ese sería el inicio de una especie de noveleta de folletín o folletuit que reclamaría mi atención casi por completo a lo largo de más de un mes —la concluí el jueves 14 de abril de 2011—, y que generaría un interés para mí insólito entre un grupo de lectores —me gusta hablar de lectores y no de simples seguidores— que crecería a la par de una trama centrada justo en ese personaje: un hombre tejido a base de tweets que asume que no está donde debería estar y por ello emprende una antiodisea urbana cada vez más enrarecida. Ahora que el hombre de tweed camina por su propio pie gracias a la cuenta que le abrí en Twitter (@Elhombredetweed); ahora que la serie narrativa que protagoniza alcanza ya su tercera entrega (“El hombre de tweed: la epidemia”; las dos primeras son “El hombre de tweed: la ciudad” y “El hombre de tweed: la isla”), no dejo de pensar en el ser de carne y hueso que le dio origen. ¿Estará varado en otra esquina bulliciosa de la ciudad, la vista adherida al horizonte donde se gestan los misterios de la primavera?
[Imagen: obra de Franco Rasma]
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